viernes, 26 de octubre de 2007

PUNTO Y APARTE DE LA CRÍTICA TEATRAL EN VENEZUELA

PUNTO Y APARTE DE LA CRÍTICA TEATRAL EN VENEZUELA APUNTES Y REFLEXIONES PERSONALES SOBRE EL OFICIO La crítica teatral, ¿una institución intelectual? ¿Una postura individual frente al hecho de arte? ¿Un sistema de opinión o una estructura de reflexión sobre el acontecer creativo artístico?. Apenas algunas interrogantes dentro de un amplio marco de interpelaciones sobre por la “poderosa” presencia y el inocultable poder - no sólo creador sino de la institución que representa o llegó a representar en algún momento de la historia teatral nacional. En todo caso, la gran pregunta hecha por propios y ajenos es: ¿Existe la crítica teatral en Venezuela? A la altura de las actuales circunstancias se percibe que el “epíteto de “crítica”, pareciese exigir una discusión menos transitoria sobre (sus) asuntos” y su realidad como hacer de opinión y análisis del hecho artístico teatral. Su papel y su reconocimiento, su hacer y su aceptación son como una banda de goma que se estira y encoge hasta llegar al que por ley de la resistencia, se ejerce su mandato y las relaciones de coexistencia se desgarran generándose, de forma inmediata, el cuestionamiento de rigor sobre el rol del crítico en momentos que la realidad/dinámica del teatro nacional exige una actividad crítica poderosa e incisiva y no la presencia de un cronista de sucesos culturales. Para algunos teatristas la dinámica y presencia de la crítica teatral se opone a su visión sobre lo que debería ser su estancia y acción gerencial, su labor artística o creativa, en consecuencia, esta misma visión se ve afectada por el anatema y la segregación derivados de un poder cultural amparado por otros dos poderes de mayor peso: el institucional y el político. De hecho, para nadie ha sido un secreto que esta situación tuvo un álgido momento de choque cuando el país cultural y el país político hacían una efectiva llave con el fin de instaurar un modelo institucional artístico muy sui generis que, a finales de la década de los setenta y buena parte de los años ochenta fue establecido entre Carlos Giménez, el Ministro de Cultura sin cartera José Antonio Abreu y el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Hoy en día, este eje de poder cultural ha perdido su aureola de protección política pero, sin embargo, aún se percibe ostensiblemente dentro del perímetro institucional conformado por el Ateneo de Caracas, la Sala Rajatabla y el Teatro Teresa Carreño, donde se inserta las oficinas de la Compañía Nacional de Teatro. Fue un momento y una circunstancia donde la sociedad de cómplices se nos verifico como una cofradía de alto vuelo y cuya membresía estaba constituida por renombradas figuras que todos conocemos. Así, más allá, de la relevante capacidad artística o estética que representó una individualidad y una institución en el contexto del quehacer escénico venezolano, lo que aún se maneja en la urdimbre de las conversaciones de nuestro sector cultural, es que si fue significativa la ación representada por la dupla Giménez/Rajatabla en cuanto a la concreción de relevantes proyectos teatrales tanto a nivel nacional como internacional, también se señala que, esos años estuvieron marcados por lesivos elementos como la manipulación del sector en beneficio de un solo objetivo institucional, el abierto juego con el poder político y la concentración como fórmula expedita para acallar o sojuzgar institucionalmente a quienes se atreviesen a contrariar lo que, para ese momento se imponía como modelo e imagen de la creación teatral venezolana. Para muestra, un pequeño botón: recordemos como fue apartado de la columna de crítica teatral del diario El Nacional, el crítico Juan Martínez de la Vega solo por el hecho de escribir adversamente sobre un montaje del hoy desaparecido Carlos Giménez. Pasando a otras consideraciones, como si de fútbol se tratase expondré algunas reflexiones sobre el rol del crítico teatral y su papel respecto a las interrelaciones entre la producción dramática nacional así como las funciones que debería asumir el llamado crítico de arte. Antes de entrar en materia, me permito hacer una sucinta digresión sobre lo que conformó mi actual papel de crítico. Siento que tres circunstancias incidieron sobre tal hecho. La primera, está estrechamente ligada a mi formación universitaria en el seno de la Escuela de Artes de la U.C.V en la cual obtuve no sólo un pertinente conocimiento del vasto territorio de lo cultural y artístico - una vez asimilada la situación que egresaría como una que enrumbaría mi derrotero profesional en los territorios de la docencia, investigación y la crítica - sino que adquirí un cierto instrumental teórico conceptual con el cual poder sostener, argumentar o validar una opinión sobre la dinámica y quehacer del hecho escénico. Asimismo, tengo que añadir a lo anterior, varios años de formación y praxis dentro de la concreta dimensión de lo escénico sea bien como estudiante de actor, asistente de dirección o productor. Segundo, gracias a la gentil invitación a escribir sobre teatro que me formúlase el Lic. Leonardo Azparren Giménez, profesor, investigador y acerado crítico teatral, quien, quizás percibió la necesidad de ingresar a las exiguas filas del oficio crítico, a una emergente como inexperta figura con el ánimo de que con el transcurrir del tiempo se afianzase en tal rol. Tal entendido no se me dejó en claro para aquel entonces, no obstante lo he tratado de asumir más allá de los coñazos - y perdónenme lo soez de la palabra - recibidos tanto por amigos como por quienes no pueden ver a un crítico a una milla de distancia so pena de que se les produzca una profunda urticaria. Por último, eso que comentaba al inicio de esta ponencia: el reconocimiento del sector. Este entendido, que no he podido aún aprehender en su totalidad ha operado por cierta inercia en el sentido de ser reconocido más que por cansancio ante una presencia que por el mismo respeto que podría derivarse del papel asumido. Pocos han sido los que amablemente han expresado tanto su visión como sus apreciaciones sobre la labor que ejecuto, sobre sus fortalezas como de sus debilidades; muchos son los que siguen catalogándome o calificándome dentro de categorías que nadie termina de perfilar. Como ustedes podrán apreciar, desde esta personal disgresión, se puede proyectar algunas inferencias sobre el rol del crítico. Empero, hay que complementarlas para asentar, por lo pronto, la suerte del nunca bien aceptado crítico de arte, en especial, al vinculado al hecho teatral. Antes que nada, citaré introduciré dos citas a propósito de encementar el camino de estas consideraciones. Estas se substraen al propio Azparren Giménez cuando expresa que “el trabajo crítico no debería ser entendido como una impostura, ni serlo por supuesto”. De igual forma, el dramaturgo Edilio Peña manifiesta que “la crítica es parte de la larga cabellera del pensamiento humano. Está vinculada a la sensibilidad de la pasión y el goce. (…) si bien se apoya en una estructura inconsciente, su tribuna de exposición es a través de razonamientos conscientes, demostrables. De allí su naturaleza ideológica o filosófica”. Ambas posturas exponen un criterio de la acción y el rol que debe exhibir el oficiante crítico. El caso venezolano parece no poseer una coherencia ni una continuidad homogénea del ejercicio reflexivo en cuanto a materia de crítica teatral. Si bien es cierto que nuestro teatro aún vive “una crisis de creación artística, en nada vinculada o dependiente de una ejecutoria burocrática”, también es cierto que la crítica tampoco infiere reflexiones y análisis de fondo sobre tal mengua creativa. Ello tal vez sería una de las funciones del crítico de arte. Una vez alguien afirmó que, el teatro venezolano es frágilmente acomodaticio y entusiastamente oportunista. Siento que la crítica teatral de los últimos quince años - salvo muy honrosas excepciones - se ha movido bajo estas mismas circunstancias. Su papel ha sido vacuo, ineficaz y sin fondo de peso en la realidad y dinámica local. Es bastante posible que yo, como crítico esté sumergido hasta el cuello en tal juego. Pero, el que esté libre de culpa que lance la primera piedra. Ni los hacedores teatrales sean dramaturgos, directores, actores o diseñadores han abonado un terreno para que se posibiliten los cambios de mentalidad y acción que nuestro teatro amerita. Igualmente, la crítica se ha adocenado en su confort de la columna fija y la discusión ausente. No hay posturas ni reacciones. El asombro entro en fase estacionaria. La reflexión se adoso a la conformidad. No existe efectivas vías de comunicación entre el teatrero y la crítica a la hora de posibilitar un nutritivo encuentro para optimizar los cambios requeridos y exigidos sea para uno, el hacedor o, para el otro, el que la analiza y contextualiza de forma constructiva. La figura del crítico ha estado desde que recuerdo, en una situación de alta objeción por parte de nuestros teatristas. Incluso, cuando éramos gremio y existía una presencia mucho más activa en relación directa con el acontecer escénico nacional, aún en esos momentos, la crítica parecía ver hacia la pared. Unos, porque parecían estar en convivencia solapada con el juego del poder de algunas instituciones. Otros, porque su acción reflexiva era simplemente un acto onanista cuyo máximo orgasmo se daba en la columna semanal de un prestigioso medio impreso, si tenía la suerte de ostentar tal posibilidad. Y unos muy pocos, que asumieron la investigación como el mejor de los arietes para ayudar a delinear nuestra particular historia teatral. Hoy día, mucha agua ha pasado debajo del puente. CRITVEN, el gremio sucumbió dentro de sus contradicciones y la futilidad de mantener unida a su fauna variopinta, las individualidades criticas de mayor relevancia se han retirado a sus cuarteles de invierno, asumido altos cargos burocráticos o, sencillamente, haciéndose cargo dos importantes cátedras universitarias; del resto, dos o tres que aún puja por no sucumbir, parecemos fantasmas de un “Parque Jurásico” tercermundista acosados por los señalamientos y calificativos de ser “cagatintas”, “cronistas de poca monta”, “venales u hormonales critiquillos” de periódicos de tercera, en fin, una sarta de estimulantes calificativos. Pero, entonces, de ser ciertos estos calificativos ¿Por qué esas mismas personalidades de la creación escénica nos necesitan y hasta exigen que escribamos? ¿Por qué cuando exaltamos una propuesta son críticos o nos convertimos en vulgares cronistas cuando opinamos contrariamente? ¿Es que acaso nos requieren para garantizar sus imágenes de creadores bajo el criterio de que no se habla de ti o de tu propuesta de espectáculo no existes?. Las respuestas las desconozco. Sólo sé que no deseo que ese sea el papel ni la función que, como crítico teatral debo exponer. Tampoco debo caer en la tentación de seguirme viendo atrapado en eso que una vez denominé como el “síndrome de las inconformidades mutuas” incubada en lo que también califique como una relación concubinaria plena de infidelidades. Estoy convencido que la crítica es necesaria como lo es el de la acción pensante y creadora de un dramaturgo, un director o un actor. La crítica se expone como el último eslabón de una particular cadena que, por ser su extremo más antagónico, puede y debe suscribir un riesgo reflexivo y una audacia exenta de transacciones y de reconocimientos obligantes. Si mal no recuerdo, una función del crítico teatral está contextualizada en la siguiente expresión “quien ejerce la crítica debe ser considerado como un obrero de un arte efímero”. Este simple pero palmario aserto de lo que supone la visualización del papel del crítico implica, de entrada, la validez o no de sus preceptivas reflexivas y lo que tal marco de pensamiento debe posibilitar en el tramado de la creación en sus más disímiles pero interdependientes posibilidades. Quizás tal situación haga que el crítico de arte y, en especial, el teatral se pueda validar ante sí y ante el resto de la comunidad artística como una figura calificada para ser entendido y asumido como un profesional de la reflexión y el análisis, es decir, un crítico de arte. En los actuales momentos, estoy convencido de no tener la respuesta definitiva sobre las funciones y el papel que debe ejercer la crítica. Lo anterior lo colocó de forma práctica, escriba cada uno de ustedes lo que entiende que es un crítico de arte y desagregar cuales deben sus funciones. Una vez que las podamos leer y comparar, no me resultaría sorpresivo que encontrásemos, una que otra coincidencia sobre lo que define la figura del crítico más no sobre sus funciones o la dimensión de su papel. Tal situación es, sinceramente engorrosa, ya que supone que todos saben o parecen saber que es un crítico más saber explicitar lo que esta figura debe hacer. Desde mi particular postura, debo aclarar que soy, sencillamente, un espectador más acucioso que juego con las posibilidades de la crónica y las técnicas del análisis teatral para sustentar mis apreciaciones sobre tal o cual propuesta escénica. Incluso, yendo más allá de lo perentorio de una limitada cuartilla y media que, a lo sumo se me publicaba en los Diarios El Nacional, El Globo o Tal Cual. Actualmente, esto ha quedado a una cuartilla con algunas líneas cuyo tope máximo no debe exceder los 2200 caracteres y que, con cierta regularidad aparece en una página WEB con nombre rumboso o, semanalmente, dentro de la sección cultural del Semanario Todos Adentro (órgano oficial de Ministerio de Cultura) que se encarta en el Diario Últimas Noticias. Por ende, mis relaciones con el medio teatral o con los escénicos las he tratado de fortalecer a través del encuentro y el dialogo, sea dado con los dramaturgos, los actores o con los directores dentro de la amable atmósfera de un café o, quizás apretujados en una cola de un teatro a la espera de ver algún espectáculo. Inclusive, tratando de estimular a algunos creadores a que me permita mi vinculación al hecho creador sea bien por medio de la lectura del texto, de confrontar y discutir parte del proceso de la puesta o, de los alcances reflexivos derivados de tal experiencia. Tal vez, este intento de ser copartícipe del hecho creador sea una de las funciones del crítico. Sé de otras, siempre las más ritualizadas por el entorno: ser el interprete y correlacionador entre el drama y lo social o de ser un aplicado decodificador e agudo interprete del discurso teatral en función de una realidad social y cultural, etcétera. Insisto, estoy convencido de no tener las respuestas necesarias para ofrecérselas al sector y que las mismas tampoco emergerán del contexto de este simposium. Sin embargo, “el problema de definición de lo que es la crítica teatral no es lo contingente a ser discutido. Creo que el problema radica en discernir las ataduras y desvinculamientos del crítico frente al desarrollo del teatro como tal. Quiérase o no, hemos podido verificar que, para algunos teatristas la crítica de teatro es simplemente una acción sin solución o, el entronizamiento de supuestos reflexivos “subjetivos” totalmente desvinculados del objeto al cual se dirigen. Para otros, la crítica teatral es la imposición de una postura reduccionista e inmediatista que no ha tenido ni relevancia frente al mismo hecho del arte escénico debido que en ciertas situaciones históricas de una sociedad, el mismo teatro no ha tenido un desarrollo profundo y de honda trascendencia para su evolución como arte; por tanto, la crítica sólo se ha adosado como una rémora y sus limitadas respuestas reflexivas han sido un producto indirecto de “la falta de frondosidad” del árbol de lo teatral”. Tras casi dos décadas asumiendo la escritura de críticas, o crónica teatral, - ustedes deciden - siento que intentar definirme en mi rol y en mis funciones es algo cansón y que desorienta mis pensamientos y preocupaciones sobre el sector en cosas ambiguas. Responder las eternas interrogantes de ¿Qué es un crítico teatral y cuáles son sus funciones? ¿Para qué la crítica teatral? ¿Ha ayudado o no al desarrollo del teatro venezolano? ¿Se necesita la figura del crítico de arte? o, ¿Cuáles deberán ser sus funciones en un teatro insertado en los primeros años del tercer milenio definitivamente globalizado y comprometido por la conexiones de la Internet? Las respuestas parecen tentadoras y hasta propiciadoras a empujarnos a caer en una situación harto masoquista que, ni unos calificados como hacedores teatrales, ni otros denominados intelectuales de ambiente universitario podrán definir de modo concluyente a fin de terminar este capítulo semejante a una anaconda novelizada cuya virtud es la de reproducirse año tras año en Congresos, Festivales y como lo manifiesta un descreído amigo artista: “¡a cuanta reunionitis teatral que se dé!”. Por lo pronto y como acotación final, debo preguntarle a ustedes en este particular momento ¿Ustedes como estudiantes y potenciales “críticos de arte”, vinculados o no al hecho creador, están o no conscientes de tales interrogantes? ¿Cuáles serán sus posturas y sus futuras vinculaciones con el sector de la crítica teatral? ¿Qué clase de actitud asumirán cuando un segmento del quehacer teatral nacional los fastidie o les deje de transmitir cosas? ¿Dejaran que la crítica asuma su mediación para que intente juzgar o sugerir el arreglo de tales cosas? ¿Quién se atreverá a envestirse del papel del crítico esperado? ¿Ustedes creen que sea necesaria una función crítica que autentifique y visualice la realidad escénica venezolana sin prejuicios ni posturas acomodaticias?, en fin, una pocas pero precisas preguntas que, inicialmente también me formule cuando irrumpí por vez primera en esta nada sacrosanta tierra de Hammerlin. Pero también cabría extender dos preguntas a las presentes y futuras cabezas rectoras de los centros universitarios como la Escuela de Artes o Letras de la UCV o de la ULA; del renombrado IUDET; de alguna de las Escuelas de Comunicación Social y ¿por qué no? hasta del seno de los distintos Institutos Pedagógicos diseminados a lo amplio y ancho del país. ¿Estamos formando cabalmente al estudiante para que ingrese formalmente al universo del análisis, la reflexión y la crítica? Si se posibilita una positiva respuesta, cabría también repreguntar ¿Hay plena consciencia de que una de las máximas limitantes que enfrenta cualquier persona que desee fungir de crítico de arte es no poder ver publicadas sus reflexiones debido al desinterés de los medios impresos o de verse constreñido en su interés de investigar cuando no hay centros especializados que los puedan acoger? Sin querer aguar la fiesta, supongo que estas neurosis vestidas de preguntas no invaliden la acción y la intención que se ha ido construyendo para que más mediata que a futuro aparezca la crítica que todos esperan, la crítica - crítica capaz de todo y que enmudecerá a sus más feroces detractores. Yo, Carlos Herrera, el que para unos funge como cronista y para otros de crítico en proceso de consolidación, aguardaré a que tal milagro acontezca. Cuando lleguen los propicios días de una crítica objetiva y sincera, desinteresada como pura en sentido y esencia, y apartada de los intereses mercantilistas del imperio del “show bussines”, entonces, solo entonces recogeré mis bártulos y me dispondré a continuar como un sencillo espectador amante del buen teatro, aplaudiendo y disfrutando del goce estético de los actores y hasta, agradeciendo los malos momentos teatrales que me harán repensar los sinsabores una postura crítica que siempre me ha acompañado. Empero, y a modo de elusivo mutis para cerrar mi presente participación, diré que el “discreto encanto de la crítica” inexistente es sólo un algo más en la tortuosa pero encantadora encrucijada de las diatribas y el desengaño. Como ustedes verán, todo esto lo que acá he expuesto es, a final de cuentas ¡Un buen argumento para escribir una tragicomedia o una rencorosa letra de bolero que podría comenzar diciendo “Tú me atormentaste diciendo cosas bellas. Tú me acariciaste con palabras hermosas pero me abandonaste cuando ya era otra cosa……!.Baja el telón. Fin del capítulo. Carlos E. Herrera