jueves 9 de julio de 2009
ESTE BLOG ESTARA EN RECESO HASTA UNA NUEVA OPORTUNIDAD
La persistencia es un impulso a que todo se mantenga nornal. Este servidor tomará un receso de su actividad como observador especializado dado una suerte de vaiables, factores y circunstancias que han afectado el normal desarrollo de lo apremia a mantener actualizado este blog.
Por ende, hasta una nueva oportunidad, la cual aspiro no sea extensa, no emitiré opiniones, comentarios o alcances sobre la actividad teatral local nacional.
Una vez que las cosas del entorno tomen adquieran una visual positiva y normal proseguiré en el darle el curso de contenidos; asumiré como renovada energía el seguimiento de acontecer creativo, artístico escénico que se ofrece en el país.
¡Por ahora, mil gracias a todos!
Carlos E. Herrera
lunes 30 de marzo de 2009
NOTAS Y CONTRANOTAS A TRAVES DE MIRADAS A LA ESCENA. MARZO 2009)
Resulta de interés tratar de seguir lo que acontece en la dinámica teatral de una ciudad como Caracas en pleno 2009. Se habla de crisis del teatro nacional y no obstante, es particular observar que la cartelera de las distintas salas ofrezca cambios de espectáculos con una velocidad que a veces abruma. ¿Hay crisis? ¿Qué la define?. Si existe ¿cuáles es su complejo entramado? Lo cierto es que cantidad y calidad no van de la mano. Un hecho sin tapujos: el quehacer ha sido alto en lo referido como respuesta de grupos y compañías sean profesionales o amateurs. En lo que va de trimestre por lo menos ha habido un total aproximado de seis estrenos, varias reposiciones y escenificaciones de proyectos teatrales de distintas fisonomías. Quizás para la crítica ortodoxa ello no signifique nada pero para el público que busca alternativas para su disfrute y para los artistas como creadores que están tras cada producción es un síntoma que el corazón del teatro nacional no hay que dejarlo latir.
De Giovanni Reali con En Compañía en la sala Horacio Peterson del Ateneo de Caracas pasando por Chat de Gustavo Ott en el Teatro San Martín, desde Educando a Rita en la sala del Trasnocho Cultural a los días de temporada de montajes como Las Criadas del grupo Pathmon Producciones y el trabajo infantil Cuando seamos grandes del dramaturgo Víctor Vegas escenificado por la joven, creativa como talentosa, Jenifer Morales, e incluso, en territorio universitario, el grupo de Teatro de la UCAB ha buscado exponer su propuesta teatral Mucho ruido y pocas nueces en espacios no convencionales o la fuerza de todos los recursos y con mucho ingenio que brinda al espectador que ya siente de nuevo como suyo el espíritu de creación de los montajes concretados por la Compañía Nacional de Teatro (caso del solvente y atractiva producción Cabaret Reinas de la Noche en marcado dentro de la Muestra Nacional de Artes Escénicas y Musicales)entre otras que anima la pauta del mes y de lo que ha sido el transcurrir del primer triemestre del 2009, expresa cabalmente que: ¡hay -y sigue habiendo- posibilidades para todos!
El prurito de la ortodoxia de ciertos analistas del acontecer se acentúa es tratar de separar el polvo de la paja al acotar que lo que ha venido exhibiendo adolece de ser una auténtica respuesta al momento sociopolítico que vivencia el país, que la calidad de las producciones está agujereado por lo vacuo, que la capacidad de hacer arte esta desligada del reto creativo, que la sensación que se emana del conjunto general solo sea signo de que ha que evadir más no pulsar las coordenadas que aquejan al actual momento que atraviesa el país; inclusive, que la totalidad de lo que se representa como teatro es solo un espasmo edulcorado de esa misma crisis que atormenta al sector teatral desde hace ya dos décadas. Con todo, y tratando de otear más allá de estas opiniones cabe la pregunta ¿Y que piensa o percibe el espectador de todo ello?, ¿Se le ha preguntado a los grupos y artistas aglutinados tras estos proyectos su opinión si hay o no crisis? Es cierto que hay menos recursos económicos y que un segmento de los hacedores que enarbolan una bandera ideológica se sientan constreñidos en su oficio al decir que hay “censura” o que se les está cercenando día a día el oxigeno para mantenerse pero también me pregunto ¿Es realmente así?, ¿Están totalmente acallados por el actual sistema? Si hay crisis económica ¿Cómo es que no están silentes del todo?, ¿Por que se la crisis no termina de definirse? Ya es hora de que se empiece a tratar de deslindar ¿Cuál es esa crisis? ¿Es crisis de valores? ¿Es crisis estética, creativa, artística, ideológica o conceptual? O, es que ¿La palabra crisis está en crisis para definir lo que en la actualidad empuja a la dinámica teatral hacia otros derroteros?
Pasando a cuestiones, esta nota pretende dar opinión de valor sobre algunos trabajos vistos. Dos de ellos que ya cerraron sus temporadas de exhibición dentro de lo que conforma uno de los teatros del circuito oeste de Caracas; me refiero al Teatro San Martín. Por espacio de casi dos meses, la pieza infantil Cuando seamos grandes (1988) del dramaturgo y narrador venezolano, Víctor Vegas (Barquisimeto, 1967). Un texto conciso en su alcance argumental, aplomado como sincero en su formulación de situaciones y construcción de personajes y sobre ello, el tratamiento temático del cual siento que supo abordar una perspectiva sincrónica a los tiempos actuales, es decir, que tocó para aquellos años en que la escribió, esa relación de entendimiento que tiene los niños ante su visual de lo que significa ser adulto; un adulto problematizado y que parece estar atrapado por sus obligaciones, roles y funciones en una sociedad donde se pierde la sensibilidad. Es allí que los niños / personajes de la pieza Cuando seamos grandes rescatan la óptica de lo positivo para cuando en un futuro vayan creciendo y sumarse a una sociedad que los puede transformar. Su decisión es no perder el horizonte de ser mejores personas. Allí el mensaje.
Espectáculo sin complicaciones y mostrado en esta misma sala –si mal no recuerdo su temporada de estreno fue a mediados del 2008- y que asistió a festivales de teatro infantil celebrados en otras regiones del país generando positivo interés en el público que la confrontó. Un trabajo creativo que captó el interés del público desde el mismo ámbito de su sencillez y franqueza actoral. Jennifer Morales afinando su visual de campo como directora enfatizó su ojo en la respuesta actoral de donde el texto fuese campo para que los personajes adquiriesen desde ternura a ingenuidad, de lo lúdico a lo fuerte de la vida, de la sintonía con la dimensión argumental a querer insuflar la escena de alguna clase de óptica que se alejase de lo que era el centro polar temático. Su puesta locuaz, fluida, sin regodeos captó el ritmo y desempeño histriónico dado de forma desenfadada y perspicaz por un elenco conformado con gracia y pertinencia sobre las tablas por parte de Paola Baroferre en su papel de Totín, por Yma Sumak Carhuarupay caracterizando el papel de Taparita, la soltura de Zammy Giménez en su interpretación de Chillón y, finalmente, los solventes trabajos de Kaoru Yonekura (Culebra) y Verónica León (dentro de su personaje de ¿Ella?).
El empaque escenográfico bastante escueto pero dispuesto a dar capacidad de movimientos de los actores. La iluminación con algunos acentos pero que pudo ser más eficaz para consolidar atmósferas y lo soltura coreográfica implementada por David Fernándes le otorgó de una energía especial y cómoda al fondo de la trama y a la unificación de la puesta como algo pleno de energía. Creo que este montaje nos dijo con fuerza y dignidad que la gente joven sabe descubrir nortes para una escena que a veces se llena de efectos edulcorados y apariencias farandulescas. Cuando seamos grandes fue una escenificación locuaz, meritoria, franca y muy divertida. ¡Ojala la repongan ya que es un teatro que debería estar aun en cartelera!
jueves 12 de marzo de 2009
LOS PAPELES DE FEBRERO
Si hay algo que atañe a nuestra sociedad y a su espíritu como urbe han sido una serie de sucesos y eventos que se han desarrollado en un lapso no mayor de 25 años. Acontecimientos que va de lo socio cultural a lo político, de lo económico a lo natural. Unos y otros han creado su ominosa impronta en el alma del ciudadano. La venezolaneidad del tránsito del siglo XX al XXI ha mutado derivado de estas circunstancias. Nadie podrá olvidar el impensable sacudión social del año 1989 mejor conocido como El “Caracazo, nadie podrá apartar de su mente las terribles momentos derivados del “deslave de Vargas”; incluso, el sacudón del paradigma ideológico – político que aun tiene sus resonancias en lo que es la conformación del ser individual y colectivo, está presente en el aquí y ahora de un país, una nación y de los individuos que habitan este majestuoso país que amamos.
Uno y otros eventos no han sido totalmente entendidos, analizados y comprendidos en sus alcances, significaciones y trascendencias. Incluso, podría afirmar que, no se ha traducido una traslación catártica hacia el territorio del arte llámese este poesía, narrativa, pintura, música o teatro. Es filón altamente rico para comprender parte de la interrogante fundamental de nuestra idiosincrasia, cosmovisión, estructuras de pensamiento, valores morales, sentimientos, miedos, anhelos y esperanzas.
Los venezolanos y venezolanas que habrán de nacer a los largo de la venidera década estarán calladamente marcados por los signos de esos eventos. Incluso, buena parte de la población que hoy detenta una comprendida entre 20 y 30 años arrastra en su subconsciente -y sin querer admitirlo- secuelas de lo que fueron ese evento; los mismos afloran de forma indirecta en elementos subsecuentes como podría ser la inseguridad, una apática dejadez social o, incluso, formas neuróticas de lo individual en la dinámica de lo social colectivo. Quizás hasta me arriegaría a inferir que bajo la costra de nuestra actual percepción se ha constituido formas y maneras de aprehender la realidad marcadas por los efectos psicológicos de esos días cuyo espectro puede moverse del resentimiento al desinterés o del despego emocional a factores de indolencia. Todos han sido y seran ingredientes que están incubando en el fuero interno del aparato psíquico y emocional del nuevo venezolano. Cabría preguntarse: ¿podrá lograr el venezolano que conforma la generación de finales de los noventa o el venezolano de las generaciones de las dos primeras décadas del presente siglo aprehenderlos cabalmente a fin de proporcionar una mejor respuesta a lo que subyace como ocultos resortes de las transformaciones que aun no sabemos reconocer? ¿Qué clase de comportamientos derivados de esos (y futuros sucesos) marcará la pauta del imaginario nacional? ¿Existirá el estigma del olvido sobre lo que realmente afloró y se desencadeno tras aquellos sucesos? ¿Podrá el arte servir como mediador catalítico para servir como especie de vaso comunicante para que se hallen mecanismos de discernimiento de verdades nunca dichas o sesgadas y derivadas de esos sucesos?
Sean cuales fuesen las posibles respuestas a estas (y otras cuestiones) ¿Hará que seamos mejores ciudadanos, mejores y más auténticos venezolanos y muy posiblemente, latinoamericanos con sentido de arraigo a comprender que lo social, lo político, lo económico y hasta lo natural son factores y elementos que moldean y seguirán configurando la que somos y esperamos ser como personas y habitantes de este país? El tiempo será en todo caso, la respuesta que validará ello. El sentimiento que debemos aguzar creo que debe estar sintonizado a sostener que ni la esperanza ni la insensibilidad nos corroa y así colocarles firmes rieles a un mejor devenir.
Dentro del terreno teatral tanto en su forma textual como espectacular has habido pocos referentes que aborden con sentido sincero y honesto, esta serie de sucesos. De forma tímida y sin mucho atrevimiento, cada uno de estos sucesos que podrían ir del 04 de Febrero a los días de Abril de 2002, han sido tocados de forma incidental pero nunca desde una cónsona y equilibrada perspectiva ideológica, sociológica y menos aun, con sentido de recrear no solo el evento sino profundizar una gran reflexión que vertida en expresiones consustanciadas en la relación: suceso – consecuencia – cambio, haya creado una distinta manera de exponerlo a la dinámica socio cultural donde se produjeron dichos eventos. Los procesos del imaginario nacional los exige. La sociedad y el futuro del ser ciudadano aun los espera. Se hace necesario todos estos macro eventos y los micro sucesos que, hoy por hoy nos sacuden, otros sean considerados de forma sincera y sin ambages, pero eso si, despojados de medias tintas, desvíos maniqueos, o manipulaciones desvirtuadoras a fin de proporcionar coordenadas de entendimiento a las linderos del mapa de discernimiento que todos deberíamos tener bien tramado en el fondo de nuestro subconsciente social colectivo e individual.
Una de las pocas luces que en teatro se ha dado sobre uno de esos sucesos lo presento el hombre de teatro y dramaturgo silencioso del cual poco hemos oído mencionar pero si accionar como director, docente y gerente cultural; me refiero, a Oscar Acosta. Uno de esos callados pero tenaces teatristas cuya labor, pocos han sabido aquilatar y cuyo pensamiento nunca ha estado alejado de los cambios y urgencias que hace mover el corazón de nuestro teatro. Inspirado en esa reflexión necesaria de indagar, buscar comprender y proponer una inflexión sobre los síntomas, mecanismos y consecuencias que interactuaron antes, en y después de la infausta coyuntura que estremeció la vida nacional -y que hace poco días recordamos amargamente- como los que representó el lapso de explosión social derivada de la coyuntura político económica del 27 y 28 de Febrero de 1989, fue armando por años, un drama que supo asumir de forma responsable y sincera que tituló: Los papeles de Febrero (publicada en 2006)
Un texto que sin pretender exhibirse como la gran obra es pieza comprometida y plena de una perspectiva personal de un venezolano que sintió sin simulación ni oportunismo el testimoniar desde el ángulo de lo dramático lo que bien pudo ser algunas de esas microhistorias que ocurridas en el seno del absurdo del caos febreriano del año 89. Acosta nos plantea ahora dos décadas de aquel calamitoso momento, que aun se debe analizar con aplomo lo que fueron esos días. Un lapso de incertidumbre y caos. Un periodo que marcó la psiquis del venezolano. Unas jornadas que creó una esas marcas que aun cada habitante de esta Venezuela aun no alcanza a comprender y/o explicar cabalmente. Y, sin embargo, Acosta propone y levanta con Los Papeles de Febrero no solo drama con algo de humor corrosivo sino, la urticante posibilidad de que cada quien se formule preguntas que pueden ir desde ¿Por qué ocurrió eso?, ¿Qué clase de factores detonaron lo social para que aconteciera ese nefasto sacudón? suceso? e, incluso, ¿Qué clase de secuelas persisten tras amainar la calma en lo que nuestra urbe / país donde muertos, desaparecidos y una extrema violencia se desató como torbellino enceguecedor?
Sabemos –o creemos saber- que El Caracazo se disparó como demonio agazapado de un oscuro nicho y que nos envolvió en su más terrible noche. Tras su paso estallaron emociones, frustraciones, desesperanzas, odios y anhelos reprimidos: Un país y su sociedad trató de justificarse después pero ya el demonio del caos había hecho mella y tras los rastros de la sangre, el saqueo y la indolencia gubernamental signó los fantasma de muchos desaparecidos y de aquellos que jamás recibieron la respuesta de una verdadera justicia. Acosta no propone una especie de teatro documento, menos aun, un drama historicista; es drama con amargos ribetes de absurdidad donde trazos de comedia dibujan cuan cierto es que las letras de lo teatral pueden servir para convocar un acercamiento sin ambages sobre las mañanas y noches que perfilaron ese Febrero del año 89. Un texto que desde sus situaciones y el perfil de sus personajes coloca una abierta reflexión sobre lo que fracturó lo seguro y singular de un sistema político que se creía monolítico e imperturbable. Lo crudo de los días de Febrero del 89 no se van sustanciados en Los papeles de Febrero pero si una mirada a lo que fue ese evento sin magnificarlo, ni tergiversarlo y menos aun, convertirlo en propaganda para edulcorar tal o cual ideología.
Todos hemos entendido el perverso papel que tuvo lo mediático es esos días: generó una reacción encadenada de causa – efecto en el espíritu del venezolano y, luego, dejó esa abierta herida en la espiritualidad nacional. Una herida que todos sabemos aun no termina de sanar. Cualquier reflexión, todo entendiendo, cualquier razonamiento con sustentación rigurosa del activación de ese resorte que hizo explotar a una sociedad están ahí, para seguir siendo explorados. Y por ende, el trabajo textual de Acosta es pertinente desde su óptica, propicio para el tiempo social que se vive y aleccionador porque propone una personal cavilación reflexiva a las decenas de sucesos que desde esa ominosa fecha se fueron agregando a lo que es la actual historia del teatro venezolano que se adentra raudamente al siglo XXI. Un texto que hurgó y propone ángulos para ahondar sobre las causas-efectos de esos angustiosos momentos que vivió el país y que puso a temblar al continente latinoamericano.
Texto teatralmente sostenible y sin complejos. Con un argumento lineal y aprehensible. Con que sin ser densos, denotan y comportan una marca sin opacidades. Incluso, podría aventarme que Los papeles de Febrero tiene todo el potencial para convertirse en atractivo guión cinematográfico ya que su trama y resolución argumental incita a verlo con otras posibilidades. Creo y comparto lo que Acosta expresó en una declaración: “que los artistas en general están en deuda con esa fecha de la historia contemporánea venezolana” y por ende, que esa historia que nos describe y desentraña (la de un trío de “jóvenes, dos policías, una mujer embarazada y unos soldados” enmarcados en el trasfondo de particular cisma social venezolano) puede, sin duda alguna, servir como dramaturgia para que no olvidemos, como dramaturgia de riesgo.
Fue desde esa perspectiva que el riesgo de un grupo, de un director y una plantilla actoral se reuniese para asumir un compromiso que otros no hubiesen afrontado. El hecho es que un director (Paúl Salazar) y un colectivo (Producciones Pequeño Grupo) decidieran asumir sin miedos ni restricciones de espacio y costos los altibajos propios de una temporada para que el texto Los papeles de Febrero se ofertase a los ojos del público caraqueño en la Sala Experimental del Centro de Estudios Latinoamericanos “Rómulo Gallegos” (Celarg). Una temporada que presentó a decenas de espectadores, esa mirada / reflexión necesaria de un suceso que celebró veinte años en un recuerdo que queremos dejar de lado. Espectáculo franco y sencillo que desde la casi desnudez del espacio y con el apoyo de elementos visuales, se conformó en centrarse en la capacidad de armar una atmósfera, un serio trabajo actoral (dado por Aura D´Arthenay, José Alfredo Figueroa, Jhonathan Urrea, Wladimir Quintero, Leydi Solórzano y Yusmary Parra) dieron ese plausible acto de fe que es hacer teatro no para complacer, evadir o relajar sino teatro para la conciencia y respeto por una obligada memoria
La dirección de Salazar apeló a unir en la sobriedad de sus recursos plásticos, lumínicos y audiovisuales un eje para fijar la atención del espectador en lo que era preciso ver: la trama argumental de la pieza de Acosta. Fue una puesta directa para ubicar no el detalle íntimo historicista sino plasmar como el discurso textual tenía que tener un asidero verosímil y aceptable. Salazar supo hacer inteligente inflexión de valor desde el texto de Acosta aunque siento que pudo también ir más a fondo y asumir retos de mayor impacto en el hilado de algunas escenas y pulir una que otro trabajo de composición actoral. Con todo, el “producto” artístico fue sano, correcto y articulado. La dupla constituida por la dirección de Salazar y el texto de Acosta permitieron decirle al espectador: ¡tenemos una visual de lo nuestro! Insisto, no fue una producción para ostentar recursos, ni proyectar evasión sino un trabajo de creación artístico pleno de reflexión más allá que alguna que otra escena, alguno que otro parlamento o alguna que otra peripecia sacase una sonrisa a la platea.
Los papeles de Febrero se convirtió en una de las más contundentes respuestas escénicas de la agrupación Producciones Pequeño Grupo en estos últimos años. ¡Teatro consciente y atrevido que merecía estar más tiempo en cartelera y hasta de ir a espacios populares para que dilate la pupila y conciencia de todo aquel que sepa decirse ser venezolano!
12.03.2009
jueves 5 de marzo de 2009
LAS REGLAS DE LA URBANIDAD EN LA SOCIEDAD MODERNA
sábado 28 de febrero de 2009
EDMOND / GA 80
Resulta satisfactorio constatar cuando un grupo o compañía teatral ofrece posibilidades de mostrar a través de sus trabajos no solo calidad artística, capacidad de riesgo creador o proponer tras el discurso de algún autor sea este clásico, nacional o contemporáneo, alguna clase de conexión con el horizonte de expectativa del público. Tras el cierre del proceso de producción, circulación y consumo del producto teatral existe toda una compleja estructura de compresión, estudio, análisis así como decodificación y recodificación de la pieza; todo lo propio a lo inherente al sistema de producción, mercadeo y promoción / publicidad de lo que entendemos como montaje.
Otras aristas que no se deben obviar cualifican para un grupo / compañía estable si su visual de trabajo es verificable en tiempo y espacio y si su presencia, evolución interna, cambios generacionales determinan el asentamiento de solidez, estancamiento o reempuje de su filosofía, estética, conceptos artísticos y modos de asumir el quehacer dramático dentro de la dinámica teatral de una ciudad o del mismo país coloca el acento para que dicha agrupación pueda mantener el seguimiento del espectador o, incluso si tiene o no, suficiente proyección local o internacional.
Lo anterior, lo enmarco solo para colocar un paréntesis sobre uno de los grupos más emblemáticos del país: el Grupo Actoral 80 (GA80). Con dilatada trayectoria que emerge en lo que fuese el primer tercio de la década de los años 80, cuando fue fundado por el maestro, Juan Carlos Gené, ha expuesto en veintiséis años cambios y transformaciones tanto en su forma de trabajo, frente directivo y acceso de nuevas voces artísticas que ha evitado su fosilización como ente creador y teatral en la realidad del quehacer artístico venezolano.
No siempre un grupo de este tenor las puede tener consigo. Hay veces que el GA80 acierta con contundencia espectáculos y hay veces que no. Pero han sabido persistir. En los últimos años hemos visto como este colectivo ha salido de un singular modo de asumir propuestas de arte hacia un territorio más ligero y que, nuevamente retoma una senda que les hizo ganarse no solo aplausos de propios y extraños sino que sin dejar la veta de lo comercial garantizado pueden seguir ejerciendo el rigor de interrogar a la escena, al tiempo socio cultural que se vive y asumir la búsqueda de estar en el aquí y el ahora de ese sonar con vigor la campana de ser unos de los grupos “emblemáticos” del país.
En este arranque del 2009 que presenta una diversa oferta de montajes, el GA80 asume la escenificación de la obra Edmond (1982), una de las más feroces comedias negras del autor norteamericano David Mamet la cual fuese vista en la gran pantalla -si mal no recuerdo- a finales del año 2005 cuando el cineasta, Stuart Gordon tomase el excelente guión de Mamet y lo expusiese al acerado ojo del público cinéfilo. La pieza desde su inicio (primera escena) coloca a Edmond con una vidente para ver si hay cierto destino, cierto saber que habrá de pasar. En algún momento esta vidente le dice que: "Tú no eres de donde perteneces". Quizás sea una de las frases lapidarias de lo que después se habrá de desencader: ya no es un juego solo un juego de apariencias sino la materialidad de una premonión fatal cuyo ominoso efecto de bola de nieve afectará cada situación, circunstancia y momentos viales de un Edmond que va en pos de su periplo inevitable al "destino" con los demás. Es una gran capa de malas vibras y resonancias ultrajantes que lo arropará hasta donde su capacidad como ser humano le sea permitido soportar. Un karma que lo envolverá irremediablemte con capa y capa de terribles signos y descorazonadores choques derivándolo a interaccionar de forma frenética tanto con una sociedad hueca de compasión.
El drama que se muestra a quien especta este texto / montaje va parte de la búsqueda del personaje Edmond tras las huellas de un anhelo perentorio. Es un viaje / descenso a la sordidez del alma humana. Visión especular de cosas ya distorsionadas que si la miramos desde el horizonte cerrado que es el propio personaje Edmond podríamos caer en cuenta como se nos dice cuan agria y cruel de la existencia donde nosotros deambulamos. Mundo bizarro con reglas, moral y ética propia. Microcosmos donde lo individual y las relaciones que se establecen con los demás perece antes de iniciarse; es como juntar materia y antimateria en un espacio cerrado como desolado. En esta física del caos, Edmond genera y activa la incómoda catarsis de descubrirse (y descubrirnos) la cancerosa fibra que acompaña a parte del actual submundo donde estamos imbuidos. Es mirada inflexible otra dimensión de un universo humano descompuesto el cual de alguna u otra forma emana su fétido olor desde finales del siglo XX y que, si se quiere, sigue impregnando la piel actual de esta época que vivimos.
En este viaje hacia el caos que es la existencia del personaje Edmond es viajar con él a un campo lleno de baches que articula ese tumoroso tejido social (anglosajón), y que lo arrastra vertiginosamente a una densa jungla de chances, escarceos con el azar y malas oportunidades. Tanto él y como los demás están atrapados y sin salida. Los vemos mutar pero no tan rápido como Edmond. Es un personaje que trata sin lograrlo de oponerse a reglas que mueven a ese universo fétido pero que tiene normas fijas y conductas aprendidas. Todo ello lo alcanza de modo irreversible. Es violencia y ferocidad bruta. Son marcas y demonios que, como arpías vestidas de calle, bar o sexshops, lo chupan hasta el tuétano para que cualquier traza de bien termine por conformarse en un mal normal y justificado.
En este mundo caótico lo inmediato material, el consumismo, la violencia, las urgencias egoístas o, la ausencia de verguenza / compasión de los demás, hace que Edmond deje de creer y sea tomado por la sinrazón. Un personaje que podríamos validar con preguntas como: ¿Es metáfora del quiebre definitivo del sueño de las sociedades del primer mundo? ¿Es válido proyectar sus circunstancias a parte del contexto latinoamericano?, y en particular, ¿se podría validar con el mundo social venezolano?
Tentadoras preguntas que cada espectador podra inquirirse y que fuera de cualquier prometedora respuesta que alcance, puede quede vacío de emociones porque la sensación del ideal del buen sueño ya se ha marchitado y muy posiblemente le muestre el pus que emana desde el fondo de un alma social en permanente descomposición. Edmond absorberá ese negativo tuétano que surge del mundo actual -y en particular, por la gráfica visión dramática que nos expone Mamet de lo que quizás siente de la sociedad anglosajona donde está inscrito- y por que no, también de vaho que exhalan ciertos comportamientos que van más allá de los EEUU. Muy en el fondo me pregunto: ¿seguirá vigente o no el oscuro brillo del mensaje del autor? ¿Es tan desesperante el trasfondo argumental de esta pieza o solo es una parábola de advertencia?
Tanto el film que una vez constaté como la escenificación de la pieza teatral de Mamet deja al público la amarga convicción que no hay escape a ciertas cosas y que si estas nos zahieren (sea poder, sexo, prejuicios o, fantasías) pues es mejor afrontarlas e ir asumiendo su carga de consecuencias o, ¿Se podría cambiar ello? Fuese cual fuese la respuesta final para el receptor es que tiene que colocar su fuero interno a debatir lo que en parte subyacente del argumento se nos expone y que expresa que “todo miedo oculta un deseo”. ¿Será esa la respuesta / esperanza al final del ominoso túnel que atrapa a algunos?
El GA80 trae a la cartelera esta pieza de David Mamet bajo lo que calificaré de tibia dirección de Melissa Wolf. A ella le hemos aplaudido en otros trabajos como por ejemplo El cruce del Niágara. Ahora la volvemos a ver con entrega y con un hálito de perspicacia para afrontar la escenificación de esta aguda pieza uno de los autores más fascinantes del teatro norteamericano contemporáneo. Se que como puestista, Melissa Wolf es capaz de asomarnos sin remilgos su percepción en torno a lo que extrae de Edmond pero no solo es cuestión de osar desmontar y plantearnos un encuentro íntimo con este texto, con su humor corrosivo, sus situaciones lacerantes, o sabernos situar el feroz e irónico ojo “oscuro” del autor que sin compasión arma una trama donde su personaje central es fagocitado de múltiple formas por esa implacable sociedad materialista o por ese emponzoñado mundo sino que se requería algo más, se urgía la visual de una verdad en el trabajo espectacular con el texto que no terminó de aterrizar ni en la sintética compactación de las atmósferas dramáticas, en las secuencias escénicas y menos aún, en la expresión orgánica que debía darse en la respuesta histriónica de conjunto.
El esfuerzo constatado como montaje dejó un sabor a algo aun en proceso. El hilo argumental se capta. Los resortes que hacen que el personaje Edmond se distienda hacia un derrotero predecible estuvo objetivamente claro pero la fuerza teatral que lo debía sostener no adquirió un sentido de densidad lo suficientemente homogéneo como para decirnos cosas desde las tablas. El actoral 80 siempre ha sido un grupo notable y no haré apología a sus altas o sus bajas creativas; tampoco situaré una edulcorada loa a quien está asumiendo lides de generación de relevo en el terreno de la dirección de este colectivo. Solo diré que aplaudo tanto la óptica y entrega de un grupo y una directora por seguir vibrando y asumiendo compromisos aunque algunos de ellos no causen en la recepción de parte del espectador, esa sensación de producto redondo.
El estreno que constaté -jueves 26 de febrero- me resultó fue frió desde todo ángulo que lo mirase. Que más allá de la energía de la puesta y del empeño histriónico, a uno y otro les faltó verdad interior. Que el impulso de llenar la escena con energía teatral solo expresó compromiso y ganas pero no teatro teatro que me sacuda y del cual se sale satisfecho por haberse degustado un todo dramático perfectamente compactado. Se que no era una fácil tarea y, en descargo es posible que haya sido la fecha de “subir el telón” que mostró que aun les quedaban cosas por trabajarse más a fondo; pero así son las cosas: ¡se estrena y se asume las consecuencias!
Uno como espectador, como crítico o cronista del teatro espera que cuando se entre a ver un trabajo dramático logre sentir ese termómetro de una verdad que tiene que fluir con naturalidad desde la escena a la platea. Con la recepción que palpe del montaje de Edmond ello no lo logré percibir. Es más -y no quiero herir susceptibilidades- sentí la imagen de un trabajo de textos y situaciones dichos sin raíz de verdad, muy en piezas, que no terminaba de tomar cuerpo. Las actuaciones me sobresaltaron por sentirlas impregnadas de una no real profesionalidad en cuanto a conformar un compacto hilado de tensiones crecientes que hubiesen expresado más que de lo que el texto mametiano decía por si mismo.
Actuaciones casi que rozaban el paso del periodo de ensayo presuroso al terreno de esa ligazón en una sala donde se espera respuesta firme y sólida del grupo y de su plantilla actoral. En ellos apenas se percibía el bosquejo de ir a esa zona de profundidad. Era como si estuviesen solo diciendo, haciendo y esforzandose en resonar desde la caja que es la escena pero que, solo me hacía ver el pujo de actores persiguiendo a sus personajes.
La planta de movimientos era tan marcada que resultó predecible. Al trabajo con el espacio que le faltó rigor imaginativo y era solo una suma de esquemas de entradas y salidas. La atmósfera de tensiones nunca terminó por estar articulada. El sentido de conexión entre texto y acción se percibía autómata y a pesar de saberlos que estaban dando lo mejor de si, creo haber visto a más de un asistente en la platea que mi miró dibujándome con sus ojos que la representación no fluía sino que había estancado en alguna parte del desarrollo del primer tercio de la puesta. De ahí en adelante, nada ocurrió salvo variaciones del mismo tema, es decir, que la sorpresa y el asombro se diluyó. Resultado final, el público les otorgó un tibio reconocimiento en la materialidad física del aplauso. Una resonancia tibia y sin fuerza que expresó que habrá que esperar más funciones para que acoplen.
Se que tanto el GA80 siempre ha sabido pulsar cualquier coordenada al presentarse en fecha de estreno y crecerse con el paso de las funciones, pero ese día jueves me tocó verles sin verdad. En mi fuero se que será cuestión de que pase por lo menos unas seís presentaciones y si se puede, algo más de duro trabajo con la Wolf para que se termine de construir un montaje pleno de punzante verdad. De esa dura y lascerante verdad íntima como personal que está asentada tras el imaginario de un autor como David Mamet.
La joven planta actoral conformada por Juan Vicente Pérez, Mariana Gil, Ailed Silva, Claudio Laya, Jesús Coba, Luís Bisbal y Maikel J, Ortuño podrán crecer noche a noche y ajustarse al sentido dramático que la pieza Edmond demanda si Melissa Wolf no cierra el proceso y aceita las debilidades. Solo salvaré el crédito al diseño de iluminación de José Jiménez que dio una plasticidad a la propuesta. En todo caso, quiero mantener la fe que el GA80 y sus creadores poco a poco irán asentando los resortes de este espectáculo para que los próximos espectadores que habrán de confrontarlos en la Sala de Conciertos del Ateneo de Caracas puedan ver un grupo capaz de desdoblarse y construir con sagacidad, verdad y mayor condensación dramática el duro universo que Mamet ha venido ofreciendo desde finales de la década de los ochenta.
28.02.2009
lunes 23 de febrero de 2009
¡MONTAJES EN DIA DE BAJAR TELÓN!
sábado 14 de febrero de 2009
TERCER PADRE 2009
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