viernes, 26 de octubre de 2007

DE ESPECIES

Una especial oportunidad para confrontar la distinta vertiente de estilo y tratamiento del discurso teatral así como de un planteamiento temático está en el trabajo creativo como multidisciplinario ofrecido por el grupo Xiomara Moreno Producciones que dirige la dramaturga venezolana, Xiomara Moreno. Si usted asiste a una de las funciones del espectáculo “De especies” que pueda estar exhibiéndose en algunos de nuestros festivales nacionales -y que tuvo una breve temporada en la Sala “José Ignacio Cabrujas” de la Fundación Cultural Chacao- podrá tener una idea muy precisa de lo que le hablo. Viéndolo bien, se puede no solo acercarse a ver y disfrutar de este montaje no convencional sino también aproximarse al trabajo de un primer un actor como lo representa el talentoso Germán Mendieta –quien cumple un largo periplo de actividad histriónica- quien ofrece a través de su cuerpo, su decantada experiencia técnica y su sólido potencial artístico colocado al servicio de construir un unipersonal con extensión de significar cosas, de generar ángulos de sensaciones subconscientes y, hasta de posibilitar una ruptura ante la adormecida linealidad del casi ciento por ciento de los montajes que en la actualidad se están exhiben en la cartelera teatral de Caracas. Creo que con “De especies” cada espectador saldrá de la sala -o de cualquier espacio donde se exhiba- con la convicción que el teatro está vivo, dinámico y está en capacidad de sorprender. Antes de referirme a lo visto diré algunas palabras sobre la producción dramática de Xiomara Moreno. Esta se ha constituido desde el primer tercio de la década de los años ochenta del siglo XX (con el estreno en la Sala “Alberto de Paz y Mateos por el grupo Theja de su texto, “Geranio”) como uno de los referentes más conspicuos y tentadores para lo que significa ser una autora con talante de persitencia y que ha sabido competir, mano a mano, con los grandes nombres de la dramaturgia consagrada de aquellos años. Ha pasado algo de agua bajo el puente de la historia teatral del país. Se han dado disímiles situaciones tanto en el contexto socio político, económico y cultural de Venezuela que pasaron del denominado “viernes negro”, al estallido social del “Caracazo”, a los cambios de paradigmas ideológicos político que ahora enrumban los destinos cívico militares de la nación. El arte -y en específico, el teatro- en su capacidad de tratar de estar en sintonía con estos sucesos, ha buscado oírlos, ha tratado de tomar unos sucesos, ha olvidado otros y hasta se ha comprometido en resolver los singulares acertijos que hilvanan los nudos de la historia tras la creación de discursos muy puntuales sobre tal o cual aspecto que esa misma realidad ha impuesto en la conciencia de quien escribe, dirige o genera determinadas propuestas teatrales. Se sabe que el país no ha sido perfectamente delineado tras el grueso de esa dramaturgia. Los intentos han sido variados, dispersos, y hasta en algunos casos obsesivos. Las respuestas en el campo de la dramaturgia no siempre ha alcanzado a satisfacer la auto imagen que tiene el propio creador de si, ni la imagen social y cultural del tiempo histórico donde está inserto. En raras ocasiones, uno que otro dramaturgo ha hilado ambas hebras para tejer una “visión” critica y sostenida de la pluralidad de los procesos que la Venezuela de finales de siglo e inicio del otro ha dado. Nuestra dramaturgia sigue buscando su acomodo en si misma. El escritor de teatro como intermediario y decodificador de una cierta realidad personal y colectiva, coloca su mirar frente a ciertos hechos y desde allí trata de armar una correlación artística, una respuesta, una posición, a veces más aguda, la mayor de las veces, evasiva. Hay pulsos, nombres, textos y hasta momentos en que pareciese que se iba a concatenar una cierta tendencia que nos explicase, que ofreciese nuevas respuestas, que colocase ciertos entendidos de mayor tenor y mayor densidad. Lo cierto del caso es que ha habido altas y bajas en ese panorama de autores y títulos de obras desde 1980 al presente. Unos más, otros menos. Pero aun todos de alguna manera tratan de hablarnos de cómo ver e interpretan esa realidad o, por lo menos, de algunos tópicos que acaloran al ser social. Xiomara Moreno es una autora con una visión dramatúrgica muy personal. Ha discurrido un hacer artístico y profesional desde las trincheras de la escritura (con ya catorce títulos en su haber), como directora de un colectivo que de forma independiente mastica y produce propuestas con aliento no inmerso el facilismo del teatro ligero. Incluso en el terreno de la docencia ha tratado de orientar las naves de otras generaciones. Su entendido de lo que es la realidad del país, del comportamiento del individuo, de la exploración de ciertos resquicios temáticos, de intentar estructurar una acera de enfrente ante las circunstancias de lo post moderno, de ampliar las fronteras de la comunicación literaria y escénica, le ha hecho seguir entendiendo ese gran universo de situaciones, conflictos, particularidades, comportamientos y manifestaciones del ser nacional ante la mutante dinámica social donde está inscrita. Ha sido inteligente y arriesgada. Ha buscado y sigue buscando. Desde “Gárgolas” a “Último Piso en Babilonia” pasando por “Hay que mantener el fuego”, hasta llegar a “Mínimas”, el núcleo discursivo de su dramaturgia se ha construido en la persistencia y en tratar de visualizar un proceso de puesta en escena que aliente otro hálito de sentir al hombre / mujer en su tiempo. Tras de ello, el latir y pulso del tiempo venezolano. No en toda su extensión pero si valedera en su parcela. Con el estreno del unipersonal “De Especies” Xiomara Moreno no solo construye un texto ex profeso a no seguir las conocidas pautas de mostrar a uno o varios personajes manipulados por acotaciones y didascalias. Se plantea un texto bloque, una especie de diálogo interno a manera de pensamiento gritado sobre el amor y la soledad del ser urbano que se cosifica en remolinos de fantasía y fragmenta como espejo que refleja a su vez, múltiples imágenes. Apela en la puesta en escena al uso del performance para hacer más agudo ese “guiño” ante la exploración de lo temático y para deshilachar la tela de cómo se puede debe discurrir una historia ante el lector / espectador que hablándole de lo mismo, sea diferente. Para magnificar la potencia de la voz que dialoga, el personaje que se desdobla, de la segmentación de la unidad, actúa como dramaturga que debe dirigir su propio discurso a fin de articular una creación en módulos donde imagen, fotografía, reproducción del otro yo del personaje –que es el mismo personaje pero con otros roles-, el vídeo, se unen en una instalación cuasi circular. Lo espacial frente, alrededor, en ausencia, por transparencia, y por el situado enredador debe provocar la posibilidad de imaginarlo en otros contextos históricos y hasta atemporales. La dirección propone al receptor estar muy atento a la espesura de los signos y de como cada uno de ellos se transmuta en múltiples significaciones. El amor y la soledad se “reinventan”, se asordinan, se minimalizan y hasta se densifican con otros sentidos, con otros alcances. La intimidad del espacio genera un presente pasado, pero en una circularidad que despide a la final al espectador una vez que ha expresado sus códigos. Inmerso en esa circularidad, el actor crea con palabras, frases y diálogos consigo mismo o, con su alter ego en formas de otros yo, un juego acoplado de acciones segmentadas, un tiempo preciso que si uno sabe estar atento, lo percibe integral pero si lo desea puede tomarlo de forma atomizada. Mendieta con eje de cada módulo se muestra afiligranado con el empleo de la voz, en los cambios de un personaje a otro, en sacarle plasticidad a su cuerpo y resonancia a cada gesto. Crea con atinada circunstancia teatral, los retos que le impuso la dirección. Xiomara Moreno apeló a construir un texto sobre el desdoblamiento y las otras puertas que se pueden abrir al tema del amor y la soledad del animal urbano pero también como directora supo dar densificación material a una visión personal de un espectáculo “performántico”, en honor a un “coleccionista” de nombre Hérnan Ruz (hoy desaparecido) y crear un tipo de teatro sugestivo donde formas, sombras, luces, imágenes, maniquíes, utilería, sonidos, gestos y acciones son arman como interrogantes y que, muy en el fondo, parecen gritar ciertas respuestas. Solo que cada quien tomará su fracción de estos gritos / respuestas y saldrá de la sala con su parte, muy distinta del quien haya estado a su lado. “De especies” es un experimento teatral insinuante desde su capacidad de armar un imaginario sin centro pero con muchos vértices. ¿Museo teatral? ¿Estética postmoderna? ¿Lenguaje teatral abierto o cerrado? ¿Fantasías o inflexiones dramáticas sobre el amor y la soledad bajo el rigor multimedia? ¿Un guiño o una travesura teatral con doble filo?