sábado, 27 de octubre de 2007

DESDE LAS TRINCHERAS DE LA SENSIBILIDAD DEL TECNICO

Por años, en el dilatado mosaico de actividades que conforman eventos encuentros, muestras y festivales dirigidos a las teatrales o dancísticas en cualquiera de sus disímiles modalidades, se reconoce y aplaude al hacedor. Este pueda que esté envestido o le reconozcamos bajo la figura de un connotado dramaturgo, un inquieto director, un dinámico histrión, un cadencioso coreógrafo o el dúctil ejecutante de la danza. Hemos visto que sobre la escena unos u otros conllevan el pesado fardo de la creación así como la concreción de ingeniosos y múltiples imaginarios. También al revisar un poco más acuciosamente cualquier programa de mano o libro de un evento distinguimos casi a vuelo de pájaro ¿el quién ese quién creador? o, en su defecto, se logra disipar la incógnita de quién efectúo tal o cual o diseño. Sabemos distinguir los renglones que cada uno ocupa, su tipo de trabajo y hasta nos solazamos o incomodamos con lo singular de sus propuestas al verlas sobre escena. Empero, todos sabemos –pero muy probablemente nos hagamos la “vista gorda”- que existe un grupo humano que, por lo general, obviamos a la hora de la retribución del aplauso y del reconocimiento cuando baja el telón. Son los guerreros del teatro, los hombres y mujeres necesarios que pocas veces vemos salvo por algún percance los intuimos aunque más de las veces cuando debe ser por vía negativa. Quiero ejemplarizar lo anterior con un ejemplo palmario. Cuando por algún extraño motivo una producción teatral o dancística presenta retardos y hay que posponer un cierto lapso ante exigente “monstruo de mil cabezas” que es el público ¿qué es lo primero que se hace saber como excusa para situarnos en lo que ocurre? Pues que la ramplona expresión: “hay fallas técnicas” o una variante de la anterior como "acaban de darse problemas técnicos ajenos a nuestra voluntad”. De forma inmediata quizás muchos espectadores se imaginen a unos seres oscuros y sin nombre que, en la oscuridad de la cabina de sonido / junto a la consola de iluminación o parado bajo la barra de la tramoya no han acometido con presteza sus responsabilidades. ¡Claro! se dijo: “fallas técnicas”. Por instinto el público y muchos artistas piensan que debe haber un técnico -sea cual fuese su papel en el montaje- que dejo algo para resolver a última hora. Permítanme decir que esta “deformada idea” tiene más de leyenda que de realidad. Cuando un espectáculo sale “redondo” en su exposición artistica y técnica, el aplauso es rápido y obviamente dirigido al actor, al director y por extensión a la compañía que implica tocar la larga cadena de hacedores y realizadores. Pero pregunto: ¿Cuando algo sale algo mal? ¿De quién es la responsabilidad? Cuándo una luz, un efecto sonoro o un telón no se ajustó a tiempo ¿sabemos o comprendemos de forma justa que muy probablemente algunos de esos técnicos no alcanzó a integrarse al unísono a la búsqueda del todo creador colectivo como para hacer de esa propuesta un uniforme compacto? He allí que casi instintivamente surge una señal en contra de la figura del técnico: unos, los artistas señalan al técnico; otros, el público piensa para sí, que de hecho fue problema del técnico. Pregúntense por extensión más allá de esto: ¿Cuándo ha salido un técnico a escena junto a la compañía a recibir un aplauso cuando las cosas salen perfectas? La respuesta es taxativa: nunca o casi nunca. El técnico preparado o no, instruido o ejercitan sus primeros escarceos en o tras la escena, antes de iniciar la función, dentro de la vorágine del evento (festival) y posterior a estos es quien casi todo el tiempo soporta la vanidad y exigencia del creador. Muchas son las veces que el técnico –algo paradójico pero en este país lo he constatado- termina educando con un léxico y muchas precisiones al director o indirectamente al diseñador / realizador Pero ¿en cuál comentario periodístico, en cual crítica se les menciona para bien o para mal? Ellos son los grandes ausentes, los grandes obviados sea cual hubiese sido su incidencia. Creo porque como hombre de teatro que escribe de las bondades o limitaciones de una producción se les debe hacer un justo y justiciero reconocimiento. Ellos son la fuerza y el sudor que levanta escenografías, que arma los colgados de iluminación, que sigue las pautas del director al manejar las consolas, que sigue las indicaciones del asistente, en fin, hombres y mujeres callados pero prestos a dar respuestas y hasta ser en muchos casos los “Mac Guivers” de la escena nacional. En la realidad del Festival de Teatro de Occidente,(y en muchas otras partes)he podido estar en la trinchera de la sensibilidad del técnico cuando por algunas razones que no detallaré, me encontrado junto a ellos viéndolos trabajar sus pautas, seguir su modulado y sensitivo manejo del equipo, con ojo avizor sobre la escena y esperando la señal justa para iluminar o acceder el efecto sonoro. Este FTO-2004 (y en años venideros) suma múltiples voluntades en ese equipo humano. Algunos provenientes de Caracas –del CONAC- otros técnicos de la TEP, de la Compañía Regional de Teatro de Portuguesa; incluso, los técnicos de grupos y colectivos que se adicionan en una sola voluntad y un tesón: dar lo mejor de sí para que el espectáculo sea un concreto que satisfaga a todos por igual. Insisto, son muchos nombres. Algunos que desde que me inicie los he vista batallar en decenas de montajes, otros con menos fogueo pero con la mirada atenta más sin embargo, todos sumandos en una hermandad univoca: convocar los imaginarios tras los efectos, hacer posibles que los efectos sean los aspectos no artísticos indispensables para que el deseo del teatrista sea realidad y por encima de todo, que el público sea el beneficiario final de toda esta suma de esfuerzos. A todos ellos, batalladores y guerreros detrás de bambalinas, en las cabinas, en los depósitos, en los laterales, en la tramoya o en el foso, mi más cara afecto y mi más sentido de que son hermanos del hacer teatro. ¡¡¡Un aplauso y un sincero reconocimiento!!!