viernes, 26 de octubre de 2007

SANTANA: UN AUTOR, UNA PERMANENCIA

Más allá de las formas y los estilos, la presencia dramatúrgica de Rodolfo Santana pertenece tanto a la vieja como a la nueva guardia. Un autor con dimensión ideológica, acucioso en su propósito escritural y afirmativo en la indagación de las problemáticas de una sociedad y mundo cambiante. La vinculación de su obra con la imagen y el pensamiento nacional no ha sido ni mimética y menos aún, calificable de ilusionista El espectro de temas, tramas y personajes asentados tras sus incontables piezas, lo proyectan como un autor cardinal dentro del oscilante periodo de cambio y transformación sociopolíticas que ha regido a Venezuela como al resto de la comunidad mundial. Para ubicar lo fundamental de su aporte creativo al teatro venezolano se debe observar su aparición, inserción y continua permanencia de vigilancia y respuesta a los poderosos hilos de una realidad que lo ha comprometido a lo largo de más de tres décadas de acción escritural ininterrumpida. Él es representativo hijo de la denominada “generación de cambio” surgida entre los años cincuenta y los sesenta quien empezaba a forjarse tras la posterior caída del régimen perezjimenista (1958). Un joven de los sesenta que bebía de las distintas turbulencias que vivía y sufría un país empujado entre la “violencia y el desconcierto”. Sin embargo, en aquellos años la dramaturgia venezolana apenas dibujaba su autenticidad en un proceso de ensayo y error para así acentuar la necesaria innovación. Un lapso de exploración de estilos, formas y maneras de entender a una sociedad que intentaba sincronizarse con una realidad política y cultural distinta y cuya máxima aspiración era superar, la transición a la modernidad aún cuando se sabía sujeta a una “rebeldía ilusionada” tanto en el ámbito nacional como internacional. Los sesenta, dieron luz verde para que esta oleada de autores de cambio se imbuya dentro de una actividad dramatúrgica plena de energías creativas, de ser capaces de enfrentarse a nuevos temas, de articular un “lenguaje dramático maduro y convincente” que radiografiase con sinceridad y cuestionamiento, buena parte de las correlaciones dadas entre la sociedad, individuo y realidad, pero más que nada, a hurgar los entornos y contornos de eso que algunos han denominado como “el sentir nacional”. En este contexto asoma la primera pieza teatral de Rodolfo Santana Los hijos del Iris (1964), seguida, luego por textos como La muerte de Alfredo Gris, El ordenanza, Tarántula, Algunos en el islote, ¿Dónde está XL 24.890?, Tiránicus, Barbarroja, Los criminales, El sitio, etcétera. Obras que le permitieron reconocerse inicialmente como “autor sin profesión” pero convencido de su potencial como gestador de imaginarios. Años más tarde confesaría que eran “obras dirigidas a conseguir algo”. Ese algo, inevitablemente se topó con las coordenadas de una realidad plena de desarraigos morales, con el asomo de los procesos sociales marginales, con la caotización de una vida nacional pasmada por la inmadurez política y con un quehacer escénico desprovisto aún de obras que le hablasen de los intríngulis de una visión venezolana con vida propia. La dramaturgia santaniana de los años sesenta se insertó dentro de un canal estético e ideológico agudo que apeló tanto a las variables de orientación del absurdo kafkiano como a los ejes de una ciencia-ficción muy sui géneris. A pesar del exceso fantasioso e imaginativo de cada trama y la exposición interior/exterior de sus peculiares personajes, el fondo temático era innegablemente de contenido político, algunas dibujadas con precisiones amargas; otras con tono cruel e irónico, pero todas válidas para hacer significativo el disfraz de violencia que atenazaba a un tiempo. Tal y como lo afirmase un reconocido crítico teatral: “el teatro de Rodolfo Santana responde cabalmente a este estado anímico nacional”. A la par de la evolución sociopolítica y económica del país, Santana irrumpe en los años setenta con un espíritu lúcido y lúdico, pleno de vivencias personales, poseedor de un lenguaje dramático calibrado y con una prístina percepción en la búsqueda de una manera de seguir cuestionando críticamente su entorno. El olfato dramático se exacerba para aguzar su capacidad de descifrar y desenmascarar los tortuosos procesos de las moralidades pacatas como de las circunstancias que encajonan al individuo frente al poder. Dentro de esta parcela creativa irrumpen los títulos más universales de su producción dramatúrgica. Textos plenos de causticidad y con ingenioso humor negro, que introduce formas escatológicas más atrevidas, personajes abigarrados y desarraigados y una afanoso entendimiento de las bases de la conducta social e individual. Sumará así: El gran circo del Sur, El animador, Los ancianos, La empresa perdona un momento de locura, Historias de cerro arriba, Gracias José Gregorio Hernández y Virgen de Coromoto por los favores recibidos, Fin de Round, Crónicas de la cárcel modelo, o Nuestro Padre Drácula, entre otras, las cuales le encaminaron a discurrir un sagaz discernimiento de los mecanismos de la “poética de la violencia”, a incursionar en los cenagosos territorios de lo marginal, de emplear ceremoniales de exculpación, de habilitar un lenguaje más directo pero matizado de magia, humor, psicología y el subrayamiento de los mecanismos de la dominación, sea esta ajena, propia o derivada de un mundo transculturizado y, más aún, colocando su mirada sobre un país que se regodeaba autoreconocerse como “La Gran Venezuela” signada por factores petroleros, industriales y políticos, a la instauración de gustos y formas foráneas que adormecieron y aburguesaron la conciencia social y que impedían encontrar los adecuados instrumentos de liberación. Son años en los cuales profundiza el estudio del comportamiento individual y su entorno social desde parámetros documentales hasta testimoniales para adherir a su producción dramática, las soterradas leyes de un mundo que tiene orden propio, de leyes insólitas que coartan o estimulan el comportamiento, sea bien del obrero que estalla en una fábrica o de los ceremoniales mágico religiosos que atrapan almas y atormentan las esperanzas. Ciertamente, obras plenas de una visión iconoclasta que, en apariencia negaba “el realismo social sucedáneo de visiones ideológicas”. A pesar de ello, potenció la perspectiva de su discurso y aceró un lenguaje dramático más visceral a fin de recrear imágenes más audaces; asimismo, se arriesgó a sacó partido de los errores y los aciertos como parte de un decantamiento estilístico con el cual obtendría el reconocimiento del medio teatral nacional e internacional debido a que su postura terminó por enraizarse de manera urticante con inéditos paradigmas temáticos como regla para inquirir entre muchas cuestiones: ¿Hacia dónde colocar la mirada? o ¿Basta solo con ver y no comprometerse con lo visto?. El periplo escritural que realizó Santana entre los años ochenta y noventa fue el que lo afirmó como un prolífico autor teatral abierto a trabajar distintos temas en paralelo sino también como dramaturgo asentado en su conciencia y en su rol. Es un dramaturgo que avanzó a pie seguro sobre la su capacidad de resolver un imaginario dramático con mayor libertad tanto en el uso de osadas estructuras teatrales, donde los temas y argumentos adquieren otros tenores de contemporaneidad y son aderezados con un valor de humor, parodia que se fusionan como ácidas comedias o dramas sórdidos. En fin, fue un lapso que dio plataforma a personajes que estarán situados dentro de una atmósfera de confortable cotidianidad o imbuidos en extraños ámbitos que retan sus capacidades de respuesta. La producción verificada acomoda al dramaturgo Santana que dispone y desmenuza parcelas temáticas inusuales o escasamente abordada por otros autores. Irrumpe así, un enfoque en torno a: la mutación del modelo del poder y las variaciones que este adquiere en la política nacional y mundial para apuntalar el fin de las utopías revolucionarias; la depredación del ser humano bajo los regímenes autoritarios; los manejos mediáticos de la información sobre el individuo y su influencia sobre la conciencia colectiva; las contradicciones, matices y conflictos de la sexualidad contemporánea; las “tragedias del vacío cotidiano”; la cavilación dramática sobre la muerte y las permutaciones que ella adquiere; la rapiña de los grandes entes financieros mundiales, su impávida inconsciencia frente a un mundo necesitado o, la marea “de la intemperancia social”. Visiones que pueden comprenderse como partes aisladas o vistas como un todo pero que se constituye como un monumental tótem temático cuyas facetas conforman una unidad significante: la lectura y relectura de un mundo y una sociedad sometida a los estigmas del cambio. De este marco temporal, la memoria obliga a citar piezas como Rumba caliente sobre el muro de Berlín, Santa Isabel del Vídeo; Mirando al tendido, Me gusta que cantes boleros sobre mi cadáver, Encuentro en el parque peligroso, Obra para dormir al público, Rock para una abuela virgen, Nunca entregues tu corazón a una muñeca sueca, Baño de damas, Juego de Bolas, Homicidios del Corazón o, El día que atracaron a Petra Monzón. Santana oficia a pies juntillas, el aserto del dramaturgo Edward Albee quien expresó: “añade más mundo al mundo” como si con ello reforzase su insaciable curiosidad parta abordar historias que asombran no por la novedad o porque causen estupor, sino porque entiende que los atributos de la investigación en cualquiera de sus formas temáticas es lo que permite armar la urdimbre de cada trama así como la delineación de situaciones y personajes que le han ayudado a evolucionar el entender que un escritor teatral “no solo modela obras de teatro (sino que además) también (este proceso) modela al dramaturgo”. Y si esta aseveración fuese lo suficientemente justa, baste comprobar su infatigable periplo gestado por Santana por espacio de cuarenta años y materializados en más de un centenar de obras rubricadas bajo los cambiantes de las corrientes del hombre y su sociedad. Es tanto su incansable búsqueda por entender y trasponer dramáticamente esa realidad y sus consecuencias tanto sobre el individuo y la sociedad venezolana - y por extensión, la latinoamericana – que su permanencia en lo que ha venido siendo los primeros años del siglo XXI tiende a situarlo de forma preclara con lo que debe ostentar al auténtico hombre de letras teatrales. Santana sigue con minuciosidad su acción de meditar e interpretar las recientes realidades para metaforizarlas, extrapolarlas o, sencillamente para aquilatar las variables de un tiempo pendular acentuado por las incertidumbres existenciales y los viejos nuevos absurdos. He allí que un nuevo espectro de títulos como Asesinas Anónimas, Los ejércitos de Zapata combaten sin reglamentos, Asalto al viento o Ángel perdido en la ciudad hostil sean el producto alquímico de tal actitud interpretativa. Es una gestación dramática que empieza a dibujar distintas topografías del sentir individual así como de la identificación de las taxonomías de comportamiento que entrega el ser social. En este particular momento histórico que experimenta el estado y la sociedad venezolana, se concreta la presente publicación en la cual se inscriben la singularidad de seis fórmulas expresivas. Algunas harto conocidas a través de variadas publicaciones – léase El Animador, La Empresa perdona un momento de locura, Mirando al tendido o Rock para una abuela virgen – o, por haber sido escenificadas decenas de veces en la escena nacional e internacional. Otras, disímiles en contenido y con reciente presencia en las tablas teatrales como Ángel perdido en una ciudad hostil o un texto totalmente inédito para el campo teatral y editorial como 0bra para dormir al público comportan, en su conjunto, la insistencia por seguir revisando los desvelos de una sociedad, sus realidades y dentro de ambas, al individuo sometido a inquietantes transformaciones. Son textos que atrapan, seducen y desconciertan. Tras el hilo argumental de cada pieza se descubre una impecable técnica, un afinado estilo dramático, una alta eficacia en el manejo del lenguaje más de las veces coloquial pero también apostando en lo poético. Asimismo, un audaz empleo del humor negro que corroe o provocar. También, la inconfundible talla de unos personajes que transpiran las circunstancias de lo humano y, curiosamente, hasta figuras que gravitan con desbordado vuelo divino sobre esas mismas situaciones terrenales para exigir la restitución del equilibrio celestial, para sacudir culpas ocultas o para servir de marco protector del sueño esperanzador familiar. Dramas mayormente conocidos como El Animador o La empresa perdona un momento de locura o, de reciente data como Ángel perdido en la ciudad hostil se deben de releer bajo la poderosa luz del tiempo socio histórico que las vio surgir o del tiempo y circunstancias que actualmente confrontamos. Lo cierto, es que hay que vincularlas hoy en día con el alcance de un proceso de cambio que está tocando a la gran mayoría de los actantes e instituciones fundamentales de nuestro país. Se hace obligante leerlas, disfrutarlas y ejercitar a través de ellas, el propósito de armar nuevas co-relaciones entre lo significante de sus tramas con la trascendencia de los cambios que se operan profundamente en lo social, lo político, lo económico y lo cultural. Santana busca afirmar que hay “que abandonar las nociones y las premisas de lo popular dentro del discurso creador dramatúrgico y buscar núcleos de comunicación pequeños y significantes”. Incluso, le intuimos que cada vez más le atraiga el misterio de la vida y del hombre, que le subyuguen sus motivos ocultos, sus pasiones primordiales, sus conductas erráticas, sus sensaciones y sus sueños. Es un querer abarcar la profunda degeneración del hombre o del sistema social que lo contiene y que hace que individuos como Carlos - el joven y furibundo televidente en El Animador - persiga una revancha frente al tergiversador acoso mediático actuando su propia ley de farsa y disfraz contra el atónito presidente de un canal televisivo o, que el agotado obrero Orlando Núñez en La empresa perdona un momento de locura sea exponente del enfrentamiento entre “desarrollo tecnológico y la condición de trabajador del ser humano”. Uno y otro se elevan como figuras que buscan despertar de ese “sueño detrás de las apariencias”. Por el contrario, en un texto como Rock para una abuela virgen la imaginería santaniana asume la resurrección del personaje de Antonieta revivida por la ejecución equivocada de un músico que alcanza la celestial nota de El Juicio Final. Es un ejercicio pleno de extendida imaginación que aparte de enriquecer el paisaje dramático venezolano es capaz de revelar como se puede jugar con otras imágenes que rozan entre lo absurdo y lo revelador con la firme intención de arriesgar una discurso dramático capaz de avanzar más allá de las convenciones harto aceptadas de nuestro teatro escrito. Es desde esta perspectiva que Santana alcanza un total entendimiento escritural con la obra Mirando al tendido. Una pieza donde se coloca un conflicto dramático desdibujado armado en el lúdico y mortal ritual de la fiesta taurina que une en la arena al Niño -como ansioso torero- y al bufante toro – Florentino - en una danza de muerte que se erige como excusa para soñar con la vida, para proponer fuerzas que chocan y se contraponen, para figurar la ruptura de un sistema de dominación - sumisión y así para mostrar destinos individuales que exigen el respeto de una auténtica dignidad sea esta para matar o morir. Con Ángel perdido en la ciudad hostil, el tema de la corrupción y la iniquidad castigada por la presencia de un emisario divino que responde al nombre bíblico de Jaffael llega a la gran ciudad trastocando - sin querer o con toda intención- las más oscuras fisuras de la conciencia humana. Un drama parábola que dibuja el anticipo del Juicio Final con su barrida de los injustos. Una propuesta que mezcla el tema de la expiación y el cambio. que ilustra que cualquier culpa, por pequeña que sea, pueda hacernos sentir que “nunca estaremos a salvo” y que no debemos esperar el arribo de un ángel para modificarnos. Finalmente con Obra para dormir al público Santana asume lo onírico para escudriñar el subconsciente para “propiciar el sueño colectivo” y desde ahí concitar una nueva interpretación de lo escénico. Es un dramaturgo optimista que busca mirar desde su relación con el mundo y sus conflictos ya que es un mundo que vive tiempos neurálgicos que puede estallar en cualquier momento. Sin embargo también deja abierta la esperanza de que buena parte de los conflictos que aquejan al mundo puedan ser resueltos a través de una etapa de gran creatividad. Es posible que en muchos países de la América Latina – incluyendo al nuestro – hayamos visto como los sueños han sido aniquilados; sin embargo, el gran sueño no se ha destruido. Es desde esta coordenada que hay anhelos porque nuestra capacidad de ser mejores se afirme, de que podamos pensar que nuestros hijos van a ser mejores. Es por ello que los personajes de Ángel, Rosa, Carmen y en especial, la infante Esperanza junto al mimético director y un grupo de inquietos ángeles permuten una anécdota que discurre dentro de un diálogo encerrado; en un conflicto “atemperado”. Obra para dormir al público es un disparo directo a la capacidad soporífera del teatro actual. Es una dramaturgia que incita al sueño. Pero hay que distinguir el hecho de incitar al sueño que provocarlo cuando no se desea. Santana ex profeso apela a todos los recursos que alientan al sueño y estos van dirigidos a dormir al potencial espectador; es más, se le sugiere que llegue y se acueste en una cama ya que va a ver un espectáculo que es para dormir. Un texto edificado en el deseo de que la experiencia del sueño colectivo sea una experiencia inaudita y que eleve la interrogante ¿qué pasa con una obra donde el público se duerme?. Pues desde todo ángulo de interpretación, es el de generar un discurso dramático donde se emplee al teatro para curar insomnios y ¿por qué no? para curar depresiones, aliviar los síntomas del stress. Es algo válido entre tantos discursos dramáticos que se autocalifican de aguzados y vivaces. El sueño tan solo es una experiencia dramática peculiar que este autor escrutar a fin de reflejar un inédito esquema discursivo. No nos sorprenda que los siguientes niveles a indagar sean con la sensación olfativa, las sendas de lo acústico y hasta, explorar la médulas de lo incomprensible paranormal como alternativas de ir a una nueva esfera de asombrar con lo teatral. La dimensión dramática de Rodolfo Santana es un proceso abierto, infinito y sometido a una perenne revisión. Autor del siglo XX que trafaga sin descanso e imbuido de una obsesión creativa e imaginativa que lo está posicionando como una de las referencias obligadas de la dramaturgia venezolana y mundial del tercer milenio. Es un artista de la palabra y la imagen. Un vehemente vigilante de lo social de cuyos resquicios hace agudas observaciones y aceradas críticas solo con el firme propósito de seguir nutriendo la fronda de una dramatúrgica que siga vital y viva para la nueva sociedad latinoamericana que esta dejando de verse el ombligo. .