jueves, 6 de marzo de 2008

TEATRO VENEZONANO: ¡LA APUESTA POR SER! 1988-2008:

Ver transcurrir el tiempo, es sospechar que muchas de las veces este parece ocultarnos algo. Hace veinte años, la sociedad venezolana estaba aun consternada por las secuelas del 27 de febrero de 1989. El optimismo se empezaba a desdibujar. Algunos califican fechas subsiguientes como bruscas; otros, como anárquicas. La cuesta del descontento subirá hasta llegar al 04 de febrero del 92. A partir de allí, perturbación e insurrecciones, pobreza e inseguridad, descontento y una sensación de reacomodo ideológico político mordía al país cuya autoestima se hacía permeable. La naturaleza nos castigó ferozmente con días de lluvia, fango y calamidad en 1992 que arrugó aun más esa autoimagen de quienes éramos y hacia donde íbamos. El pasar del tiempo obligó a re-pensarnos, porque Venezuela se abría al decenio volviendo a reconocer la infame presencia de corrupción, burocracia y la sempiterna ineptitud de no contar con soluciones para esa espina debajo de la uña que seguía haciendo de las suyas. Economía y política, argumentaban una cosa pero las respuestas hacia lo social era un imponderable que la realidad del ciudadano de a pie sentía la sintiese de otra manera. El mundo mediático con su inocultable impronta, hacía que lo global fuese local pero nunca a la inversa. Como expresara Manuel Caballero: “el aparato de televisión sustituye al padre (e incluso a la madre), al maestro y al cura. A través de él se comunican los modos de hablar, y se ha homogeneizado un habla venezolana donde ya es muy difícil percibir las particularidades regionales”. Crisis y esperanza parecen ser huecas palabras entre 1988 y 2008. Las asociamos a otras como libertad y felicidad, pero las ellas aun suena como tañidos de campana rota. La imaginación todavía tiembla ante la violencia de la calle. La democracia hace pulso de tenacidad con los paradigmas de nuevas – viejas ideologías más allá que estas cambien su fisonomía. Hemos visto correr desde el 04 de febrero del 92 a la fecha, las interrogantes de un país que no ha sabido sacar lustre pertinente de lo que una vez A. U. Pietri expresase que para nuestra Venezuela era necesario “sembrar el petróleo”. Esperamos, vemos, sentimos y reflexionamos. Pero muy en el fondo intuimos la conciencia que algo ha cambiado aunque ello no se haya concretado como todo efectivo. Aspiramos más prosperidad y menos utopías, más orden y menos incertidumbre. No se puede negar que la sociedad nacional y el hombre / mujer venezolano, todavía intentan escoger con su asentada idiosincrasia, modos y maneras de sobrevivir. No es que nos signe una fatalidad sino ese empecinamiento por no estar bajo el signo de lo acomodaticio. Sabemos que desde cualquier ángulo circunstancia podemos apostar hacia nuevos esquemas de ser mejores venezolanos con actitudes e imaginarios menos conformistas. Tras este telón, se sitúo el escenario cultural como el resultado de las disímiles expresiones artísticas del país. Seguimos siendo una sociedad abierta y plural; con un “estilo” adaptable, propio y persistente en sintonizarnos y sintonizar al resto de la compleja red de lo mundial. Después de cada crisis o de cada intento de ruptura con los viejos paradigmas, aun esperamos porque afloren esas respuestas que sean expresión vívida de que aun somos una sociedad especial en el contexto latinoamericano dado todas las cosas que nos ha tocado vivir. El teatro venezolano como forma expresiva del espectro creador nacional, se ha manifestando en estos veinte años desde intentos tímidos a pulsantes; otras veces, con arranques apremiantes. Con todo todo, permanente en el “aquí y ahora” y con actitud disímil a lo que motivo a los dramaturgos de La Alborada (al inicio del s. XX), de los autores de los cuarenta (como Rengifo, Peraza o, Certad). Incluso, a la conformada en los sesenta como lo fueron Chocrón, Cabrujas, Santana, Peña o, la Romero. Incluso, el teatro para lo que ha sido este particular ciclo tanto en su dramaturgia -sin ser resultado de una neovanguardia o la expresión de renovado impulso generacional que cosifique la síntesis de lo finisecular, ha sido capaz de acallar las voces agoreras que han intentado colocarle el marbete de que ellos no tienen nada que decir. Nuestro teatro sufrió, ciertamente traumatismos y pesadillas que pudieron haberlo afectado hasta los tuétanos como: la disolución de El Nuevo Grupo en 1988; la muerte de J. I. Cabrujas cuya capacidad de entender el comportamiento social del país era incomparable; el deceso de Carlos Giménez (Rajatabla) uno de los directores más audaces de nuestro teatro; la desaparición de una promesa como lo fue Enrique Porte; del defunción de Horacio Petersón; la ida a pique de mega proyectos como El Sistema Nacional de Compañías Regionales (concebido desde el Estado en 1990 y enunciado como “La nueva geografía teatral venezolana”); la debacle de los TNJ de Venezuela el pluff del Proyecto NAVE; la profunda estatización del teatro independiente ante la ausencia de coherentes políticas de Estado para su fortalecimiento, promoción y difusión; la retirada de la escena e ida del país de U. Ulive y J. C. Gené; la incapacidad de muchos autores y directores locales por formalizar una “poética” y un lenguaje espectacular capaz de formalizar al país un estatus maduro de un siglo a otro. No fue cuestión de festivales internacionales o, la ausencia de un Festival Nacional. En nada afectó el desvanecimiento de CRITVEN o AVEPROTE sino la sumatoria de múltiples elementos que, incidieron en el ánimo general que percutieron sobre su devenir y puso tapaojos al ímpetu creador escénico venezolano. Pero no todo ha sido sinuoso y desalentador. No todo ello ha restado un desbalance en la dinámica de los hombres y mujeres que hacen vida creativa tanto Caracas como en las regiones. Como contrapartida a lo anterior, se afirma un hálito de fe que aun está contenida en las fuerzas de grupos e individualidades. El platillo de la balanza será equilibrado. Hoy nadie desdice la presencia de muchos grupos por ejemplo como: Contrajuego, Theja, Rajatabla, TET, Tempo, Teatro San Martín de Caracas, Thalía, C.R.T de Portuguesa, Acción Creativa, Teatrela, Quijotillo, Comediantes de Mérida, Teatrilandia, Bagazos, Altosf, Actoral 80, TKnela o, La Bacante quienes colocan ladrillo sobre ladrillo para armar desde el presente, el futuro. La formación teatral también se ha ido consolidando fuera de los puntuales dados desde el seno de colectivos establecidos sino desde ámbitos académicos que lentamente están creando una mejor acción intelectual y una situación pensante como accionante que coloca su cemento a los ladrillos de los grupos. La Escuela de Artes de la UCV, el IUDET, núcleos de enseñanza actoral como la Escuela “Juana Sujo”, Laboratorio Teatral “Anna Julia Rojas”, “César Rengifo”, “Álvaro de Rosson”, “Inés Laredo”, “Ramón Zapata” e, incluso, la apertura de centros universitarios en Mérida y Zulia, hace que el porvenir sea estimulante El “horizonte de expectativa” de la dramaturgia en tránsito desde 1988 a 2008 dice que, consagrados, en consolidación y emergentes, persisten en colocar la íes a la comprensión de quienes hemos sido y lo que aspiramos ser. La impronta generacional no desdice que su dramaturgia esta vacía de temas, contenidos y miradas críticas al tiempo social venezolano. Su discurso rubrica miradas hacia ello: de un R. Santana a un J. Vidal; de G. Ott a E. Palencia; de C. Rojas a L. Armengol; de X. Moreno a J. T. Angola o, V. Lira; de J. M. Vivas a G. Pérez; en fin, autores (as) que están ahí escrutando desde sus anclas ideológicas a dibujar una sociedad con su dolor, sueños y futuro. La sumatoria de todos y los que están a la espera harán el teatro del presente siglo y el público poco o mucho les respaldará porque entienden que es un dialogo que no termina y porque las preguntas no siempre son las mismas. El Nuevo País Febrero / 2008